Los descarriados de conducta, intención y doctrina, más los descarriados en conducta y pensamiento, formarán la sacra y universal comunión de los títeres dirigidos por su padre, desde las siete colinas. Con fraterna oscuridad y desprestigio mezclarán el agua con el azufre y la sal con la nitroglicerina dándose sabor y un liderazgo entre los badulaques. Católicos y protestantes se unirán con lealtad a un anticristo que ama toda globalización. Todo esto se llama galería, apostasía, ecumenismo.
Como no distinguen la abismante diferencia
entre el evangelio puro y las tradiciones canonizadas,
entre el espíritu de la Reforma y el de la Contrarreforma,
entre los preceptos apostólicos y las fábulas romanas,
entre ser un peón de Cristo y ser un religioso prefabricado,
entre el domicilio del Padre y el mítico purgatorio,
entre los templos para orar y el Vaticano,
entre la conversión a Cristo y los sacramentos,
entre la llenura del Espíritu Santo y los ritos,
entre el arrepentimiento y el confesionario,
entre el servicio a Dios y la mitra elevada,
entre la manada pequeña y las multitudes bautizadas,
beberán con su copa en alto, totalmente seducidos ya,
el ácido que los exceptúa por siempre de la luz.
A medida que nos acerquemos al fin de todo, los protestantes que le lamen el culo al papa irán aumentando al compás de la felonía. En aquel tiempo el cuerpo de Cristo estará atado a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad y las religiones de la tierra al papa romano por un tiempo breve, profético, vital y perverso.
Cuando no hay un quebrantamiento de corazón y las almas no se empapan del evangelio puro, hay ecumenismo feliz, apostasía conmovedora y la suficiente descomposición como para que el anticristo se vaya probando su temporal corona en la boutique de la vanagloria y las baladronadas.
1 Timoteo 4:1; Juan 8:44; Juan 8:47

De la antología: “Las sotanas de Satán”
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