Esposas de predicadores ayudan al ministerio de su marido escuchando y viendo bodrios, como los de la TV, sin fingimientos. Diáconos y directivos jamás han ganado a un vicioso o a un católico para Cristo siendo solos unos administrativos imperiosos. Otros, que no guardan los preceptos, danzan en su espíritu, se caen al suelo, zapatean y se ponen temblorosos, dándole al culto al Dios Todopoderoso un nivel de espiritualidad sin precedentes. Después de tanta pobreza cancerígena gritan: Jehová es mi pastor, nada me faltará, mendigando por ayuda social o por una ofrenda en la municipalidad y entre los vecinos. Por algo son evangélicos.
Salmo 1:1-3; Salmo 23:1
De la antología: “Las sotanas de Satán”
No hay comentarios:
Publicar un comentario