martes, 7 de febrero de 2017

Débil y novato



I

Una tarde cualquiera, llegó despedazado a la casa de Dios, y aferrándose a la sugerencia del ungido aceptó a Cristo como su Amo y Redentor con efusión. Hubo algarabía, aleluyas, brincos y guitarreo. Es que cuando un pecador se arrepiente los ángeles van al sambódromo y se agarrotan. Fue el centro de la noticia por dos semanas. Ni los alcahuetes más antiguos preguntan por él actualmente. Tanta preocupación por el comedor abierto, por el ayuno congregacional, por el festival a Jesús, por la iluminación del altar, por el aseo del templo, por la avenencia entre los ministros del Padre y por las ofrendas requeterecontrasuperespeciales, terminaron por descorazonarlo. Dentro del mismo hoyo y con Cristo en el alma este derrelicto peregrina de páramo en páramo, de tabernáculo en tabernáculo, de aleluya en aleluya, de ofrenda en ofrenda, de primicia en primicia. Nadie se preocupó por él, personalmente.

Juan 10:11

II

Mi pastor es tan sabio con la ovejas, que aún no se le arrancan todas. Afirman que soportarlo es una parte del plan del Espíritu Santo.

Mateo 7:16

III

Está arruinada, enferma y recién divorciada. Mi pastor le recuerda con sutileza misionera que va en la retaguardia en el pago de los diezmos y que sus escuálidas ofrendas delatan falta de fe y de consagración a la causa. En la capilla la solidaridad con los caídos es léxico saturniano, una embolia. Mi trabajólico pastor dedica el noventa y cinco por ciento de sus santas horas a la tesorería, con celo algorítmico.

Salmo 41:1


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De la antología: “Las sotanas de Satán”





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