martes, 7 de febrero de 2017

Mi querido pastor



Ahí viene mi pastor.
Mi pastor siempre es el centro de las actividades
espirituales de la congregación, siempre;
mi pastor es un hombre entregado al Señor
y se le nota hasta en el modo de andar;
mi pastor es de lo mejor,
casi todos pensarían igual;
mi pastor ama a todos los demás pastores
con una ternura que derrite a los cabezas de chorlito;
mi pastor es un elemento estratégico y desequilibrante
en la camaradería entre de los ministros de Jesús;
mi pastor prefiere extirparse un ojo
a que disgustarse con otro pastor evangélico;
mi pastor agradece con lágrimas las críticas que le hacen;
mi pastor se inmolaría con un alfiler infectado
antes que ser causa de tropiezo;
mi pastor prefiere regalar su automóvil y su casa
antes que ser motivo de desunión;
sólo mi pastor interrumpe el culto cuando quiere;
mi pastor prefiere dejar de comer
que no pagar las cuotas mensuales del concilio;
Dios llamó a mi pastor en una forma especial;
yo diría que mi pastor es un profeta significado;
mi pastor es un ángel del evangelio social, de la bondad;
mi pastor es un adalid de la justicia, de la hermandad,
del desapego y de los derechos elementales del otro;
cuando veo a mi pastor yo me alegro
y todo es distinto cuando él predica;
mi pastor es una antorcha en esta insensible comuna;
mi pastor es un sagaz escudriñador de la Escritura;
mi pastor derrama tinajas de lagrimones y ruegos
combatiendo el escandaloso divisionismo protestante
y considera a los mutiladores unos podridos e infames;
a mi pastor lo subimos tan espontáneamente a un pedestal
que ni siquiera él se alcanzó a percatar;
mi pastor es un querubín con zapatos lustrados;
mi pastor salta y salta como un tonto
por ser el primero en alimentar a los hambrientos;
mi pastor colapsa cuando no va en un mes al hospital;
mi pastor es incapaz de inventar imbecilidades
para no ir a las reuniones de unidad pastoral;
entre los predicadores, mi pastor es un as de la concordia;
mi pastor, con un revolver, secuestra a sus iguales
para orar con y por todos los ministerios locales;
mi pastor nunca se alarga en los sermones;
mi pastor le lava los pies a los otros pastores, encantado;
mi pastor es tan manso y humilde que nunca se enfurece;
mi pastor nunca es prepotente, nunca patea una puerta;
cuando mi pastor clama al Padre,
el reino de las tinieblas se sacude entero,
por eso la iglesia crece y los hermanos prosperan en todo;
mi pastor casi no ve televisión, su esposa tampoco;
mi pastor cuando ve un topless se enerva;
cuando mi pastor levanta su mano por liberación,
todos los demonios huyen de la república;
mi pastor jamás se agota cuando intercede
por los líderes y ovejas de cerebro rectangular;
a mi pastor le fascina discipular personalizadamente;
mi pastor se ruboriza cuando llega atrasado a algún sitio;
mi pastor es persuasivo con los degenerados
que desgarran la unidad del cuerpo de Cristo;
mi pastor bajó doce kilos de tanto ayuno fogoso.
Cuando a mi pastor lo adulan se enfada tanto,
que reparte batazos en el acto a los idólatras,
sin pensarlo dos veces, sin transar.
A mi pastor nunca hay que rogarle para que ore
con los otros pastores por el lúgubre individualismo.
Cuando alguien no asiste al ayuno pastoral,
mi pastor vomita una semana entera, de tristeza.

Colosenses 3:2; Lucas 17:1; 1 Juan 2:10-11


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De la antología: “Las sotanas de Satán”





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