martes, 7 de febrero de 2017

El avivamiento de la carne



I

Hace treinta años atrás, cuando comenzó la obra, eran treinta miembros los comprometidos, hoy son veintiocho, por la muerte de dos. Las plegarias apuntan a crecer el doble en el bicentenario de la obra misionera. Esta codiciosa meta la recibió en un curso de marketing. Nadie rasga vestiduras por el estancamiento, nadie se lacera por la calamidad. En el cumplimiento de tan noble objetivo, las casadas parirán cinco hijos cada una. Con este agreste método de evangelización los católicos ya pasaron los mil millones de mundanos, compitiendo codo a codo con los musulmanes. El vientre es el mejor misionero de los incompetentes. En este club social o iglesia tradicional confunden el arrepentimiento con el remordimiento, de adrede, sin temor al juicio final. Las homilías son conmovedoras y lacrimógenas, con una sábana de pañuelo y certificación. Los que recepcionan a Cristo en su indecorosa alma se demoran hasta cinco meses en descarriarse.

Hechos 4:27; Marcos 4:31-32; Isaías 9:7

II

La congregación cree que crece porque suma los nuevos convertidos sin restar las bandadas de abatidos y descarriados. Pedantes, insensibles, desunidos y biliosos. No se sentarán a la diestra del Padre aunque prediquen cada tarde como Jeremías. Al sórdido que pregone ser un hijo de Dios lo ejecutarán en la silla eléctrica como tal. Esta gran catedral cree que crece devotamente porque no filma las toneladas de fecas que va dejando por detrás y por los estribores. El despertar los pondría con un pie y medio fuera del edén.

Jonás 2:10; Mateo 7:21


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De la antología: “Las sotanas de Satán”





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