Llega temprano y acicalada al culto de adoración a Dios. Trae consigo una sonrisa cordial y un Nuevo Testamento leído con encono. Recoge la ofrenda, colabora y glorifica a Dios. Se lo canta todo y bailotea al Padre. Desemboca en el hogar con la mente renovada y con esa sensación del deber cumplido y empieza a ver las frezas y novelones de la televisión y hace de las murmuraciones un don sobrenatural, sin decir gloria a Dios, y con la falda hasta el talón.
1 Juan 2:15; Romanos 8:1; 2 Corintios 13:5
De la antología: “Las sotanas de Satán”
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