Criticabas a los tibios; forraste de pancartas los tímpanos de la provincia; apilaste ráfagas de jaculatorias, testimonios y reconvenciones; amontonaste promesas en jarrones de porcelana china y tu agotadora asistencia al templo era encomiable. Hoy, la mediocridad te consume como la heroína. Agónica es la sensación de ver deambular a los desertores por las baldosas de las mentiras petrificadas, enjalbegadas y condecoradas. Alma de acero inoxidable, la segunda prueba corpulenta te damnificó e interpretaste nostálgicamente óperas y tangos arrabaleros, tratando de armar un rompecabezas con ese silencio que crees que no se comunicará contigo. Las heridas del combate que te paralizaron son las fisuras y espinas de la caminata correcta, los nutrientes del clavel imberbe. Revive ese primer amor a Cristo Jesús que extraviaste en las jacobinas telarañas de la piel. Que la soberbia sucumba bajo el alquitrán de la paciencia. Oveja gris, los discípulos degustan sin pimienta una triza o más de la angustia de Job. La amargura es la antesala de la redención y del escobillado posterior. El que perseveré reirá.
Apocalipsis 2:4-5
De la antología: “Las sotanas de Satán”
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