martes, 7 de febrero de 2017

La autoproclamación del profeta


I

Después de un agraciado y conmovedor sueño se llamó así mismo al ministerio, a la predicación del glorioso evangelio. No acostumbra a ganar almas para Cristo, mas logró convencerse con los trienios que era un siervo del Príncipe de Paz. A Dios le avisó sin consultarle. Dios no le consultó, no le avisó nada, no le llamó a la predicación y se enfadó. Del emocionalismo, zumbos y arrebatos del principio, sólo quedan fotografías y anécdotas. Hoy está entristecido, con una Biblia en la mano y el banasto vacío, con los hijos descarriados y los ángeles lo abuchean.

Juan 15:16; Hechos 9:5

II

En cada puerta que golpea consulta por la salud de sus símiles. Es un paladín de la consanguinidad y de la mesa de encuentro entre los ministros de Dios. A los cancerosos les reúne fármacos. Al orar por los enfermos hay sanidades sin alharaca. Hace un ayuno portentoso por cada oveja y aconseja con una paciencia deslumbrante. Todo es retumbante, de película, hasta que suena el vil y devastador reloj despertador.

Santiago 1:25

III

Mi pastor es un apóstol, no menos. Esta es la palabra que define con precisión el ministerio de mi coloso pastor. Y si todos aseveran que mi pastor es un maldito déspota y un insensible y que nunca ha ayudado a un muerto de hambre, a un indigente, igual nos afirma con perspicacia cada domingo que en la comarca no hay un apóstol como él, de tan refinada estirpe.

Juan 1:23; Santiago 4:10


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De la antología: “Las sotanas de Satán”






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