martes, 7 de febrero de 2017

El apasionado amor a mi ciudad



La ciudad es el espejo del pastorado. La ciudad está podrida porque hay pastores mutiladores de la unidad clerical tan putrefactos que no lo perciben aunque los aturdas golpeándolos con una Biblia de tapa dura. No militarán en el concilio de pastores ni desollados con un cortaúñas. Cercenadores que le cantan al Redentor con un divisionismo sobrenatural adentro. La ciudad está en tinieblas porque hay predicadores que no salen de su burbuja ungida ni por curiosidad y se amurran con la primera opinión que los interpela. La escualidez local no les llama la atención. Hay presbíteros que en vez de ser una bendición social, poseen un rebaño que inspira lástima y conmiseración. Sólo conocen las palabras derrota y aleluya. La comuna y el rebaño son pobres porque el arrogante pastorado es pobre a cabalidad, desharrapados que creen servir a Cristo Jesús. Predicadores ineptos y cretinos que santifican la mediocridad en todo lo que tocan. Ninguno se niega a sí mismo, ninguno acata. El centro y periferia de otros ministerios son los diezmos, las ofrendas, las primicias o lo que venga. Otra sección no guarda los mandamientos por convicción personal. La mayoría son actores intermitentes de la unidad y participan según el clima. Estos son los rufianes que evangelizan los barrios, con alas.

Otros miembros de la religión evangélica predican:
de amar a todos los pastores con amor inefable,
sin exclusiones, hasta lograr la fusión
y la sumisión global a Dios Padre;
de fortalecer el cuerpo de Cristo desde el alma;
de no pellizcar la hermandad entre siervos;
de servir y ayudar a los otros ministros;
de ayudar hasta exorcizar toda malignidad;
de orar con lanzas contra las miserias clásicas;
de ser tolerantes con los que eluden la obligada
unidad entre los pastores inventando idioteces;
de “soportaos los unos con los otros”;
de vigilar y de darle de comer al astroso;
de extirpar el ruin divisionismo protestante;
de ser humildes con los novatos y carnales;
de dejar a la región a los pies de Jesucristo
con un pastorado articulado, hasta el rapto.

La fetidez espiritual de mi ciudad es la fotocopia de la labor de los lerdos pastores evangélicos. Así de claro y potente es. Estos son los rufeznos que discipulan la grey. Cualquiera sabe que el Espíritu Santo con un avivamiento puede voltear este país en una década o más si existiera un clero compenetrado y humillado a la voluntad divina. A veces ser un pastor o ser un malnacido es lo mismo.

Juan 17:21; Isaías 21:14


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De la antología: “Las sotanas de Satán”






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