I
Mi pastor es un empresario bendecido por Dios: cada día gana más dinero; cada semana, antes o posterior al culto a Jesús, se le ocurre un nuevo negocio, con la propia familia de consocio. Cuando se cansa de cranear más ventas, se pone su oscuro terno sacerdotal y gestiona otro aumento en la membresía. Aprendí con este reverendo del Nazareno que los negocios son los negocios, y si hay que rajar a alguien se le raja nomás, con una ética calvinista práctica y de manga ancha. Le encanta señalar acerbamente las inmoralidades monetarias de la santa sede romana.
Lucas 19:46; Juan 10:13
II
La corporación evangélica que preside mi esclarecido pastor es tan inmensa, que ya no se mueve con nada y los líderes sólo aspiran a ser buenos funcionarios. La modorra los estancó a todos entre la pereza y los sermones impulsivos, llenándose de cemento y protocolos, timando al vecindario con una tasa de hipocresía que araña la osa menor. El patrimonio personal de mi pastor es el séptimo secreto del Apocalipsis.
Mateo 23:28; Apocalipsis 2:16
III
Ni el arcángel Gabriel impugna el cretinismo de mi pastor y obispo. Es tal su poder gerencial y financiero entre las parroquias de esta metrópolis que hay que aprobarle hasta sus pedos con tres glorias a Dios.
Proverbios 21:4
De la antología: “Las sotanas de Satán”
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